Con motivo de la conmemoración del Día del Ingeniero Agrónomo, celebrado el pasado 6 de agosto, tuvimos la posibilidad de dialogar con Andrés Lhomy, reconocido profesional en la materia, cuya trayectoria y pasión por la agronomía nos permitió adentrarnos en los orígenes de su vocación. En una charla enriquecedora, Andrés compartió no solo cómo se gestó su vínculo con esta profesión tan abarcativa e interesante, sino también su compromiso cotidiano, el valor que le otorga al trabajo en el campo y la conexión con los distintos actores del sector. Su relato se convirtió en un disparador para reflexionar sobre la realidad actual del agro, abordando con mirada crítica e integral, los desafíos que enfrenta la actividad:
¿Qué te motivó a elegir la carrera? En este sentido, ¿Cómo cambió tu visión del campo con la experiencia?
En cuanto a mi proceso de formación, terminé con la cursada en el año 2009, y luego me recibo como Ingeniero Agrónomo en la ciudad de La Plata, completando los exámenes finales y la tesis de grado en 2011. Finalizada esta etapa académica, regresé a mi ciudad natal, Adolfo Gonzales Chaves, donde en marzo de 2012 tuve la posibilidad de comenzar a ejercer mi profesión en una agronomía local, iniciando así mi camino laboral en el ámbito agronómico.
En cuanto a la mirada profesional sobre la que me consultabas, considero que uno va construyendo su visión a partir de la experiencia. El ejercicio de la profesión permite desarrollarse, profundizar conocimientos, adquirir herramientas y complementar aquella perspectiva inicial. En mi caso particular, provengo de una familia vinculada al agro: mi padre fue productor agropecuario durante toda su vida, por lo que crecí inmerso en ese ámbito, incorporando desde lo cotidiano una base relacionada al sector. Esa cercanía fue el disparador de mi interés por estudiar esta carrera. Luego, en la práctica profesional, uno va transitando diversas experiencias que no solo enriquecen, sino que amplían la mirada y los campos de acción.
Puntualizando más en el rol profesional, ¿Cuál es tu visión respecto al mismo y cuál es la función/es del Ingeniero Agrónomo?
La ingeniería agronómica es una profesión que habilita a una gran variedad de tareas, con un campo de acción muy amplio dentro del mundo agropecuario. Desde el manejo de cultivos y maquinaria, hasta áreas menos tradicionales como el paisajismo, la estética vegetal o el trabajo forestal —incluso más allá de la ingeniería forestal como disciplina específica. Hay profesionales que se desempeñan en el ámbito deportivo, por ejemplo, en el mantenimiento del césped en estadios de fútbol de primera división, trabajo que es fundamental porque el cesped es lo que más plantas por unidad de superficie tiene, una tarea intensiva y especializada. También hay colegas dedicados a la investigación en instituciones como el INTA o el CONICET, o que ejercen la tarea en el ámbito educativo, la coordinación con productores, o en el sector comercial, como en laboratorios que fabrican insumos. En mi caso particular, trabajo en un laboratorio y articulo con el área comercial que vende lo que producimos, brindando soporte técnico a los usuarios de los productos que desarrollamos. En síntesis, esta carrera permite volcarse tanto a lo técnico como a lo comercial o a la investigación, y dentro de cada rama se abren múltiples posibilidades. La agronomía te da una base sólida, y luego cada persona fortalece su perfil con nuevas herramientas y conocimientos, muchos de los cuales se adquieren con la práctica diaria. Es una profesión que volvería a elegir sin dudarlo; más que una carrera, la vivo como una política de vida. Me gusta lo que hago, disfruto mi trabajo, y eso le da sentido. Es gratificante saber que es un sector sin techo, donde gran parte del crecimiento depende del compromiso personal. No es una tarea rutinaria, y eso la hace aún más interesante. A veces puede ser ingrato cuando lo proyectado no rinde como esperábamos, por factores como el clima que escapan a nuestro control, pero lo importante es poder capitalizar esas experiencias para seguir adelante.
En cuanto a los desafíos en el ejercicio profesional del que venías haciendo referencia, ¿Cuál fue tu mayor desafío y cómo tomas decisiones ante la incertidumbre climática?
En relación a los desafíos, he atravesado varios a lo largo del tiempo. El primer trabajo, por ejemplo, representa un gran reto: es el primer paso que uno debe afrontar y que permite comenzar a desarrollarse profesionalmente. Con el tiempo, se va adquiriendo experiencia, cambiando de roles y ampliando el horizonte laboral. En cuanto al ejercicio de la agronomía, se trata de un sector que convive permanentemente con lo inesperado, ya que toda la actividad se desarrolla a cielo abierto, con una fuerte dependencia del clima, un factor que no se puede controlar, como te comentaba antes. Esto implica proyectar e invertir hoy —como en el caso de una siembra— sin certezas sobre el valor que tendrá ese producto al momento de la cosecha, que puede ocurrir seis o siete meses después. Es un contexto variable, abierto y expuesto a múltiples riesgos. Si bien existen herramientas para mitigar algunos de ellos, como los seguros agrícolas, la incertidumbre sigue presente. A esto se suma la dinámica de los cambios de gobierno y las políticas públicas, que pueden modificar las reglas del juego ayudando a regular la tarea o condicionar la actividad. En síntesis, el negocio está atravesado por múltiples factores que escapan al control del productor. En mi caso, al haber nacido en este ambiente, todo ese panorama lo tengo incorporado desde siempre, y el productor agropecuario también lo asume como parte de su realidad cotidiana.
En cuanto a la Tecnología y prácticas agronómicas, ¿Qué avances tecnológicos impactan hoy en tu labor?
Considero que todo ha evolucionado significativamente, especialmente la agricultura. Argentina es, sin dudas, una potencia real en el sector: somos pioneros en la adopción de prácticas tecnológicas, y eso se evidencia en cómo el productor argentino incorpora innovaciones de manera constante. Este mérito cobra aún más valor en un contexto que no siempre es favorable, sobre todo si lo comparamos con otros países donde la producción está ampliamente subsidiada. En nuestro caso, enfrentamos retenciones y decisiones políticas que muchas veces no han beneficiado al sector, y aun así, somos reconocidos por nuestros avances. Frente a escenarios adversos —desde lo climático hasta lo político— el productor argentino sigue progresando, incorporando tecnología dentro de sus posibilidades. La agricultura es un sector que sorprende día a día por su capacidad de adaptación y evolución. La tecnología ha influido directamente en reducir riesgos y aumentar la productividad: desde la eficiencia en la aplicación de fertilizantes hasta el desarrollo de maquinaria más precisa, drones, herramientas de monitoreo, digitalización y computarización de procesos. Todo esto permite tener un control detallado de las tareas, evaluar rendimientos, identificar falencias y mejorar prácticas. Además, hay una evolución constante en genética, insumos como fertilizantes y herbicidas, y también en inteligencia artificial, que ya ha sido utilizada para desarrollar productos innovadores, como herbicidas generados mediante esta técnica, acelerando procesos y llegando a lugares antes impensados.
En función a lo que venís relatando, y en referencia a la relación con la comunidad rural, ¿Cómo influyen estos cambios en el trabajo junto a los productores?
En mi trabajo con los productores cumplo la función de asesor técnico, brindando acompañamiento profesional para optimizar el manejo de sus cultivos. Mi tarea implica estar constantemente actualizado y capacitado, supervisar procesos, orientar decisiones y realizar un seguimiento integral según cada etapa del ciclo productivo. En función de la época del año, por ejemplo, indico acciones específicas como el control de malezas, buscando siempre aportar valor técnico y estratégico a la producción.
Un poco retomando lo comentado al principio de la entrevista en función de las retenciones a la exportación, ¿Cómo evaluas la relación actual entre el Gobierno nacional y el sector agropecuario? ¿Qué políticas públicas consideras que han beneficiado o perjudicado al campo en los últimos años?
Hablar de políticas de Estado es un tema complejo, especialmente por las implicancias que conlleva. Considero que el campo ha sido —y sigue siendo— un motor fundamental para la economía del país, generando y sosteniendo valor más allá de las opiniones que puedan surgir al respecto. Sin embargo, las políticas implementadas en los últimos años han condicionado al sector, aplicando medidas que, aunque puedan responder a necesidades fiscales de corto plazo, terminan perjudicando la actividad. El caso más resonante es el de las retenciones, un impuesto distorsivo que afecta no solo al productor, sino a toda la cadena agroindustrial. Estos recursos extraídos del campo muchas veces no han sido bien distribuidos ni reinvertidos en mejoras productivas. A pesar de convivir con este esquema desde hace años, hoy parece haber una intención de cambio: se ha anunciado días pasados en La Rural una baja en algunas retenciones, lo cual, de concretarse, permitiría competir en condiciones más equitativas con países que no están sujetos a estas cargas. No obstante, entendemos que se trata de un proceso complejo y que los resultados no serán inmediatos.
Sumado a lo que venimos hablando, ¿Sentís que hay un acompañamiento de la Provincia en relación al Agro?
Si bien existen programas destinados al sector agropecuario, muchas veces se traducen en recursos que no terminan de llegar o sostenerse en el tiempo. El Ministerio de Desarrollo Agrario ha impulsado iniciativas para distintos perfiles de productores, pero su alcance ha sido limitado y poco sostenido. Actualmente, no contamos con un respaldo institucional sólido, y quizás ha faltado mayor coordinación. Es fundamental que el Gobierno trabaje en conjunto con el agro, articulando con entidades como el INTA y promoviendo consensos en lugar de decisiones aisladas. A su vez, el propio sector, en general, ha tenido dificultades para nuclearse y trabajar de forma colectiva, algo que se ha naturalizado culturalmente y se ha transmitido generacionalmente. Sin embargo, ante situaciones de crisis, de emergencia, las entidades agropecuarias acompañan, respaldan y gestionan. Por eso, generar un espíritu de unidad y colaboración sería clave para avanzar y lograr cosas importantes.
Y si tuvieras que llevar este estado situacional planteado a la realidad del campo local, ¿Cuál es tu mirada al respecto?
En los pueblos y ciudades del interior, el vínculo con el campo es directo y profundo: muchas familias viven de la actividad agropecuaria, ya sea de forma directa o indirecta. Por eso, cuando al campo le va bien —como en el caso de una buena cosecha— ese impulso se traduce en desarrollo local. Las economías del interior están estrechamente ligadas al agro, y su dinamismo repercute en múltiples ámbitos, desde el comercio hasta los servicios, fortaleciendo el tejido productivo de cada comunidad.
Teniendo en consideración todo el recorrido planteado, con mirada a Futuro: ¿Qué cultivos ves con mayor proyección?
A nivel país, considero que el cultivo con mayor proyección es el maíz. Si bien la soja sigue siendo relevante, enfrenta una fuerte competencia global, especialmente por el crecimiento sostenido de Brasil, que en dos décadas pasó de producir a la par de Argentina a triplicarnos. La expansión de superficie cultivada en ese país, principalmente destinada a soja, condiciona, en algún aspecto, nuestra posición en el mercado. En cambio, el maíz muestra mayor potencial de mejora y crecimiento, consolidándose como el cultivo con más futuro.
¿Algún mensaje que desees agregar?
Desde el agro, el principal mensaje es claro: pese a las dificultades del contexto, el campo sigue de pie. Es un sector fuerte, que lucha día a día contra desafíos financieros y estructurales, pero que mantiene intacta su vocación de crecer y aportar al país. El productor argentino tiene una mirada emprendedora, una convicción profunda de avanzar, incluso cuando las señales no son del todo favorables. Si se dan las condiciones, el potencial del campo considero que es inmenso.
Por otro lado, como mensaje para los jóvenes o personas que estén considerando estudiar esta profesión, quiero decirles que la ingeniería agronómica es una carrera apasionante, muy amplia y con gran proyección en un sector dinámico. Aunque en ciertos momentos la demanda laboral ha sido menor, hoy esa tendencia se ha revertido. El proceso formativo puede ser exigente, pero cuando uno estudia lo que le gusta, esa exigencia se vuelve llevadera. A menudo se tiene una mirada particular hacia las ingenierías, pero si sentís que esta es tu vocación, más allá del tiempo que te lleve completarla, no se van a arrepentir de haber tomado esa decisión.

