Con motivo de la conmemoración del Día Mundial del Reiki, celebrado el pasado 15 de agosto, El Nuevo Heraldo tuvo la posibilidad de dialogar con Marisa Harismendi, Maestra en esta disciplina energética y espiritual. En una charla profunda y sensible, Marisa nos compartió su experiencia, la emoción que despierta esta práctica, sus múltiples funciones en el proceso de sanación y aportando una valiosa orientación para quienes buscan reconectar con su bienestar interior. En tiempos difíciles y complejos, el Reiki se presenta como un camino luminoso hacia el equilibrio, la armonía y la transformación personal:
Para introducirnos en el tema, ¿Qué es el Reiki y cómo describirías su esencia a alguien que no lo conoce?
El Reiki es una terapia de sanación que se realiza mediante la imposición de manos, basada en la creencia —que personalmente siento como verdadera— de que somos energía. Esta práctica busca liberar y armonizar el cuerpo energético de las personas, abarcando tanto el plano físico como el emocional y mental. A través de una sesión de Reiki, es posible alcanzar un estado de bienestar y equilibrio, ya que se canaliza la energía vital universal al servicio de la energía individual de cada ser. Es ese canal sutil que conecta con la fuerza que da vida, que impulsa el crecimiento y la transformación. En mi experiencia a través de talleres que he dado y participado, este principio se resume en una imagen que me inspira profundamente: la fuerza que impulsa a la flor a nacer desde su tallo.

Tomando como referencia lo que nos comentaste a priori ¿Qué papel juega la energía en el proceso de sanación y equilibrio que promueve el Reiki?
El Reiki, como te comentaba, es una práctica que permite conectar nuestro campo energético con una red natural de energía universal. Las personas somos energía, y muchas veces, debido a las exigencias cotidianas —ya sean laborales, familiares o emocionales— nos desequilibramos y perdemos la sintonía con esa energía que nos sostiene. A través de la imposición de manos, el Reiki canaliza una energía sanadora que restablece esa conexión vital. De hecho, todos contamos con el poder de autocuración, y el rol del reikista es facilitar que cada persona se reconecte con su propia fuerza sanadora. Es una invitación a reacomodar, recargar y armonizar el campo energético, devolviendo al cuerpo y al espíritu su equilibrio natural.
Siguiendo con la línea de la pregunta anterior, ¿Qué beneficios puede experimentar una persona al recibir sesiones de Reiki?
Como te comentaba, el principal beneficio del Reiki es reequilibrar el campo energético, y a partir de ahí, favorecer al bienestar en todos sus niveles. Si lo abordamos desde una perspectiva más profunda, implica conectar con el ser divino que habita en cada uno, con la verdad existencial y con el amor que nos constituye. Hace 18 años que practico Reiki, y en este recorrido he acompañado a muchas personas, observando mejoras significativas en lo físico, emocional y espiritual, así como una profunda reposición energética. El Reiki no se trata simplemente de hacerlo o no hacerlo: es un complemento que acompaña, que sostiene en momentos difíciles —como una enfermedad, un desequilibrio emocional, el estrés del día a día— a través de la energía. Es una práctica que siempre aporta bienestar. En cada sesión, la persona puede estar más o menos predispuesta, pero el solo hecho de acercarse ya representa un paso importante, una apertura a recibir, que nace más desde la intención del corazón que desde la mente.
Yendo más al terreno personal, ¿Cómo fue tu camino personal para convertirte en Profesora de Reiki y qué te inspiró a enseñar esta práctica?
Mi camino en el Reiki comenzó hace muchos años, en medio de una crisis personal que marcó un antes y un después en mi vida. Tenía 30 años, había dejado la carrera que estaba estudiando, me sentía desanimada y atravesaba una relación sentimental poco sana. En ese momento de vulnerabilidad, recurrí a alguien que practicaba Reiki, y lo que viví fue revelador: sentí algo distinto, como un llamado profundo. Me pregunté por qué no aprenderlo, y así inicié mi formación, que culminó con la Maestría. Recuerdo mi iniciación como un bautismo simbólico, un momento breve pero poderoso que disparó en mí el deseo de empezar a ser. Con el paso de los días, sentía una transformación interna, como una inyección de amor incondicional que me conectaba con una idea que hasta entonces no comprendía: la unidad. Sentir que somos uno, que lo que te pasa a vos también me atraviesa a mí, me cambió la cabeza y me explotó el corazón desde un lugar hermoso. Esa sensación me llevó a buscar más, a formarme en otros talleres, a crecer y aprender. En un Congreso Internacional, tuve el privilegio de conocer a una de las principales referentes del Reiki, una mujer japonesa que me eligió para hacerme Reiki y luego recibirlo de mí. Esa experiencia fue un nuevo disparador: me conectó con un camino que era verdaderamente mío. Desde entonces, me aboque por completo a la práctica. Aunque antes combinaba el Reiki con otra actividad, después de ese encuentro todo cambió.
Desde una mirada social, ¿Cuál es la visión que consideras que se tiene del Reiki hoy en día? ¿Pensás que la gente mayormente se involucra o hay un descreimiento?
Creo profundamente que hoy en día la gente se está abriendo mucho más al Reiki. Antes era una práctica poco conocida, casi ajena a la experiencia cotidiana, pero eso ha cambiado. Hoy las personas lo aceptan, lo practican y han aprendido que realmente puede traer beneficios concretos a la vida diaria. En mi dinámica de trabajo, recibo personas que vienen semanalmente a sus sesiones, y muchas me comparten que se sienten mejor, que perciben cambios positivos en su bienestar. Yo también puedo ver ese avance, a veces sutil, casi imperceptible, pero profundamente significativo. El Reiki se convierte en una compañía, en un sostén. A lo largo de todos estos años de práctica, he desarrollado una percepción que me permite acompañar con sensibilidad, entender lo que cada persona necesita y reconocer esas pequeñas grandes mejorías que van transformando su camino.
Por otra parte, desde el año 2020 he notado que muchas más personas se han volcado hacia lo espiritual. Siento que algo profundo nos está ocurriendo como humanidad, un cambio que no solo se manifiesta en lo tecnológico y digital —que muchas veces nos despersonaliza— sino también en un proceso más amplio, vinculado a los grandes proyectos que ciertas corporaciones impulsan a nivel global. Sin embargo, yo mantengo una gran esperanza en el ser: en el alma, en ese sujeto sabio que habita en cada uno. Creo que esta búsqueda espiritual responde a una necesidad vital de reconexión, de encontrarse consigo mismo. Es preguntarse cómo están tus emociones, tus pensamientos, dónde depositas tu fuerza mental, cómo se siente tu cuerpo, qué te incomoda de él, y desde cuándo aparece ese malestar. Es un llamado a mirar hacia adentro, a escuchar lo que antes se ignoraba.
En toda tu trayectoria y recorrido transitado, ¿Cuál consideras que ha sido tu mayor desafío?
Mis desafíos siempre han sido profundamente personales. Desde muy joven me sentí una persona espiritual, aunque mi camino comenzó en un terreno más racional: estudié Historia, atravesando etapas de emociones encontradas. Decidir dedicarme plenamente a la práctica del Reiki implicó una especie de crisis existencial que me llevó a preguntarme qué estoy haciendo, por qué estoy aquí. Con el tiempo comprendí que elegí este camino porque, de alguna manera, él también me eligió a mí. Creo que el Reiki es un legado de la humanidad para la humanidad: todos tenemos energía que podemos transmitir, todos podemos practicarlo. Pero también hay algo más, algo que se despierta con la práctica: la intuición, la percepción del ser, esa información que me llega cuando estoy trabajando con alguien. Ha sido todo un desafío aceptar y abrazar eso que traigo, que se activa con el Reiki y se convierte en una llave para el autoconocimiento, y también para compartir desde un lugar genuino y transformador.
¿Algún mensaje que desees agregar?
Es valioso que cada ser se abra a reconocer su poder sanador y a buscar el bienestar que merece. Todos estamos atravesados por este momento histórico complejo, con desafíos profundos que nos han tocado vivir. Pero también somos bendecidos: contamos con muchas herramientas y con personas dispuestas a estar al servicio, con el corazón abierto para acompañar. Por eso, mi mensaje es claro: no se queden solos en silencio con su dolor. Hay muchas almas que estamos ofreciendo nuestra conexión, nuestra escucha y todo lo que hemos aprendido para compartir, para conversar, para sostener. Es fundamental darle lugar al espíritu, a la esencia de cada uno, porque no todo es materia. En cada cuerpo habita un ser que necesita atención, cuidado, reconocimiento. Desde la individualidad, todos tenemos necesidades que merecen ser atendidas. No tengan dudas de abrirse a la sanación: el camino comienza con el simple acto de permitirse recibir.


