Quiero expresar el cierre de una etapa fundamental en mi vida, en la cual dediqué más de 31 años a la institución. Ha sido un camino de aprendizaje, lleno de desafíos y satisfacciones, donde lo bueno y lo difícil han sido parte esencial de mi vocación de servicio.
Uno de los momentos más trascendentales que viví fue el ingreso femenino a la institución, un cambio histórico que nos otorgó un espacio en un ámbito tradicionalmente reservado para hombres. Desde antes de mis 15 años, soñé con formar parte del cuerpo de cadetes, y con perseverancia, junto a un grupo de compañeras, logramos que el 15 de septiembre de 1993 el Presidente Mario Fernández y el Jefe Juan Gabino Atairo nos convocaran por primera vez como auxiliares.
La meta siempre fue clara: llegar al Cuerpo Activo de Bomberos. Finalmente, el 3 de septiembre de 1996, al cumplir mis 18 años, fui convocada para integrar sus filas. A partir de ese momento, el esfuerzo, el sacrificio, la dedicación y, sobre todo, el amor por esta vocación dieron sus frutos. Mis primeras experiencias en el cuartel estuvieron marcadas por la inclusión, el respeto, el aprendizaje y un profundo sentido de pertenencia, formando lazos de hermandad que llevaron a considerar la institución como una verdadera familia.
Con el paso del tiempo, enfrenté nuevos desafíos, cambios y luchas, pero los valores adquiridos en mi primera etapa me dieron la fortaleza para mantenerme firme. Con dignidad y honestidad, construí un espacio sin ceder ante la adversidad ni traicionar mis principios. La maternidad fue una experiencia sublime, sumándose a mis logros como mujer. Culminar el secundario, ingresar al cuartel como bombero, continuar capacitándome y completar una carrera terciaria afín a mi vocación me permitió cumplir gran parte de mis expectativas y consolidar mi camino.
Con profundo respeto y gratitud, recuerdo las palabras de un jefe ya retirado, quien, pese a su enfermedad, se tomó el tiempo de recordarme que mi logro era más grande que cualquier adversidad. Me instó a no dejar atrás lo que había conquistado y, con sabiduría, me preguntó qué le diría a mi hija si un día me cuestionara por abandonar mi sueño. También llevo conmigo el consejo del señor Walter Cuesta, quien me animó a luchar desde adentro y nunca renunciar. Su constante apoyo y sus palabras firmes —“usted no se baje del barco, antes me llama y hablamos”— fueron un refugio en los momentos de duda, reforzando mi convicción de seguir adelante.
Mi gratitud es infinita para quienes han sido pilares en mi vida. A mi hija, quien en los momentos más difíciles me sostuvo con su amor y su firmeza, recordándome que no debía renunciar a mi sueño. A mi abuela, que podía olvidar un cumpleaños, pero jamás el 2 de junio, reafirmando siempre nuestro vínculo con esta vocación. A mis compañeras, que hicieron de mi lucha la suya, apoyándome con empatía y solidaridad. Bomberos fue y será sinónimo de familia, el legado de unión y orgullo que heredé desde niña, donde mi padre fue bombero, pero mi madre lo fue aún más, y todos en casa acompañamos ese espíritu. A mi familia cercana, mi pareja y mis grandes amigas, que han sabido comprender, sostener y compartir el amor profundo que siento por esta vocación. Bomberos es aquel lugar soñado, al que hasta el alma más inocente, como la de un niño, anhela pertenecer.
Hoy cierro una etapa manteniendo intactas mis convicciones, reafirmando que la verdadera vocación no depende de un uniforme, sino de la dignidad, el respeto y el compromiso con uno mismo y con los demás. Me retiro con orgullo, no por ser «la hija de», sino por el mérito propio de haber construido un lugar que marcará la historia: ser la primera mujer en integrar el Cuerpo Activo de esta institución, siempre con honestidad y valores aprendidos de quienes fueron verdaderos ejemplos a seguir.
En estas líneas, con respeto y gratitud, reconozco a quienes, con humanidad y compromiso, fueron piezas fundamentales en mi camino dentro de esta institución.

