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sábado 25 de abril del 2026

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Oficio y vocación

Treinta años de oficio: Sergio Isla y su camino autodidacta en la cerámica y alfarería, entre tradición, técnica y expresión cultural

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Sergio nos recibió en su taller, donde cada rincón refleja el oficio, la sensibilidad y el camino recorrido en la cerámica y alfarería como modo de vida. Su producción combina dos líneas: una decorativa, y otra clásica, funcional, que mantienen viva la identidad del oficio.

Dialogamos con Sergio Isla, quien nos recibió en su negocio y taller, un espacio cargado de historia, oficio y sensibilidad. Allí, cada rincón refleja el camino recorrido en la alfarería y la cerámica, una vocación que fue descubriendo, construyendo y afianzando con el tiempo, hasta convertirla en su modo de vida. Entre piezas utilitarias y decorativas, Sergio comparte no solo su técnica, sino también una mirada profunda sobre el hacer artesanal, el vínculo con la comunidad y la persistencia de un oficio que resiste en un mundo cada vez más acelerado:

Para dar inicio a la entrevista y enfocándonos más en tu historia personal, ¿Cómo descubriste tu interés por la alfarería/cerámica y qué te motivó a dedicarte a ella?

Comencé en el mundo de la alfarería y la cerámica hace más de treinta años, en una etapa de mi vida en la que vivía y estudiaba en la ciudad de La Plata. En ese entonces, tuve un acercamiento a la Facultad de Bellas Artes, donde me vinculé con personas que se dedicaban, entre otras cosas, a la cerámica. Me pareció una actividad fascinante, que despertó mi curiosidad y me llevó a investigar e involucrarme cada vez más, en una época en la que se valoraban mucho los textos y la reflexión sobre el hacer artístico. Más adelante, fue a través de la Feria de Artesanos que me sumergí de lleno en esta práctica, comenzando a dedicarme a la cerámica de manera continua. Sin embargo, el trabajo manual y las artesanías siempre me habían atraído. En un principio cursaba la carrera de Antropología en la Facultad de Ciencias Naturales, hasta que se produjo un cruce inesperado: una curiosidad por la cerámica que, con el tiempo, se transformó en una vocación. Descubrí que podía trabajar con responsabilidad en esta disciplina, generar un ingreso, y que poco a poco se convertiría en una actividad que ocupa gran parte del día y cobra un lugar importante en mi vida.

              Haciendo referencia a los aspectos técnicos, ¿Qué tipo de arcilla preferís trabajar y por qué?, Siguiendo la línea de la pregunta, ¿Cómo es la dinámica en la tarea diaria?

              La materia prima de la alfarería o cerámica —dos formas distintas de nombrar una misma práctica— es la arcilla, conocida popularmente como barro. Existen diversos tipos de arcilla, y actualmente trabajo principalmente con lo que se denomina barro cocido, que en realidad es arcilla roja. En los cursos formativos, sin embargo, suele utilizarse la arcilla blanca. Más allá del color, ambas comparten propiedades similares, aunque presentan diferencias técnicas en los procesos de terminación. La elección del tipo de arcilla depende del tipo de pieza que se desea realizar. En mi caso, produzco objetos utilitarios como cazuelas y ollas, y tradicionalmente estas piezas se elaboran con arcilla roja, al igual que la macetería. Si bien cada artesano elige según sus preferencias, yo opto por la arcilla roja por su fuerte vínculo con lo clásico y lo tradicional. En cuanto a la dinámica de trabajo, actualmente me desempeño solo, en un ritmo continuo: el local abre todos los días de 10 a 18 horas, y detrás del mismo tengo instalado el taller, donde trabajo sin descuidar la atención al público. Desde el punto de vista técnico, uno de los aspectos fundamentales es la elaboración del barro. Compro la arcilla en la zona de Benito Juárez, específicamente en Barker, una región de canteras. Luego, ese material debe ser procesado, preparado y formulado adecuadamente para que pueda ser utilizado en la producción.

              En esta dinámica de trabajo de la que venís relatando, ¿Vos te planteas una producción determinada o es en función a la demanda emergente?

              En este momento, la dinámica del trabajo está completamente condicionada por la venta, que se encuentra bastante quieta. A diferencia de otros períodos en los que se producía al máximo porque había mayor demanda y posibilidades de comercialización, hoy se realiza únicamente lo indispensable para mantener el stock. Si bien la producción siempre estuvo ligada al ritmo de venta, actualmente ese vínculo se ha vuelto más restrictivo: se produce lo mínimo porque la venta es mínima. Hace algunos años, cuando el taller funcionaba en el pueblo, llegamos a ser ocho personas trabajando juntas. En ese entonces, era más sencillo sostener el grupo porque lo que se producía se vendía, y los márgenes permitían mantener la actividad con fluidez. Hoy, en cambio, esos márgenes prácticamente han desaparecido, y la realidad obliga a ajustar el trabajo a un contexto mucho más limitado.

              Puntualizando en alguna experiencia significativa, ¿Cuál ha sido la pieza más desafiante que has creado y qué aprendiste del proceso?

              Hay piezas que son realmente complejas de realizar, y si hay algo que siempre me faltó, incluso después de más de treinta años de oficio, fue una formación inicial formal. Empecé en la cerámica de manera autodidacta, y aunque el proceso puede parecer rápido, esa falta de base se paga en ciertos aspectos: el aprendizaje se va construyendo sobre la marcha. En cuanto a las piezas, durante mucho tiempo experimenté con fórmulas de pastas y distintos tipos de arcilla, incluso con arcillas locales, y ahí radica uno de los grandes desafíos: encontrar una materia prima que me permita crear la variedad de productos que he desarrollado, tanto en tamaños como en terminaciones. Formular cada pasta específica para cada pieza es un trabajo enorme. El proceso cerámico incluye el modelado, el secado, el horneado y, si corresponde, el esmaltado. Cuando se trabaja con arcillas no comerciales, elaboradas de forma propia, se gana en versatilidad pero también se enfrentan múltiples desafíos: cada etapa debe salir bien, la pieza no debe rajarse al secarse ni deformarse, y detalles mínimos como que las manijas no se despeguen durante el armado requieren ajustes precisos. Son cuestiones propias del oficio, nada extraordinario, pero que demandan tiempo, paciencia y mucha dedicación.

              Desde una mirada personal y en función al contexto social del que hablamos antes, ¿Qué significa para vos ser alfarero en un mundo cada vez más industrializado? En este sentido, ¿Sentís que la sociedad valora el trabajo artesanal como debería?

              No sé si el trabajo artesanal debería tener una valoración distinta, pero sí estoy convencido de que existe un grupo de personas que lo aprecia, lo consume, lo usa y lo disfruta profundamente. Nosotros trabajamos en función de ellas. Los oficios manuales no han desaparecido, pero están en tránsito: son procesos lentos, complejos, cuidados, que no pueden compararse con lo industrial, ni en tiempos ni en costos. En lo personal, soy un apasionado de este hacer, aunque reconozco que comercialmente tiene sus límites. Vivimos en un mundo industrial, y nosotros nos filtramos por los pequeños huecos que deja la velocidad del sistema, gracias a quienes aún valoran lo que hacemos. Esa tensión entre producción y creatividad es constante: para sostener el oficio, hay que producir un mínimo, mantener precios accesibles, y eso inevitablemente condiciona la libertad creativa. Te marca, te acota, pero también te desafía.

              Conectando el arte con el territorio, ¿Qué rol creés que tiene la alfarería en la identidad cultural de una comunidad o región?

              En mi caso particular, no hay una raíz cultural fuerte ligada a un territorio específico. En la provincia de Buenos Aires, a diferencia del norte del país —como Jujuy o Salta, donde los oficios artesanales se transmiten de generación en generación—, quizás carecemos de esa herencia tan marcada. Sin embargo, desde otro lugar, encuentro sentido en lo que hago a través del vínculo con quienes eligen lo artesanal. A diferencia de quien enseña, que quizás goza de otras libertades, quien vive de esto necesita estar atento a los intereses de quienes lo rodean. Cuando tenés un comercio o vendés lo que creás, inevitablemente acompañás los gustos de la gente que se detiene en tu espacio. Lo que se ve acá, en algún punto, representa lo que a esa gente le importa. Para subsistir, esa conexión es esencial. Es una mezcla entre lo que a mí me apasiona hacer y lo que el otro busca; un acuerdo, una retroalimentación constante que da sentido al oficio.

              Teniendo en cuenta lo que nos contás, al momento de crear ¿Seguís una línea específica?

              Trabajo sobre dos líneas que conviven y se complementan en mi producción. Por un lado, la línea decorativa, con la que vengo trabajando desde hace muchos años, quizás la más reconocible para quienes frecuentan este espacio. Se trata de piezas como las máscaras, que son diseños propios y que nacieron en una etapa distinta de mi vida, cuando vivía en otro lugar y existía un mayor caudal creativo, con más tiempo y libertad para el intercambio que tanto nutre el proceso. Por otro lado, en los últimos años me he volcado más hacia una línea clásica, como la macetería y las cazuelas. Si bien conservo ciertas libertades para crear piezas originales o con detalles distintos, en general el diseño es más tranquilo, más funcional. Hay elementos que están muy estandarizados —como la olla, que “tiene que ser roja”— y eso, de alguna manera, facilita la tarea y permite una producción más estable, aunque siempre intento dejar una marca personal que mantenga viva la identidad del oficio.

              Habiendo transcurrido recientemente los festejos por el Aniversario del distrito, ¿Cómo ha sido la experiencia de participar en la Feria que se desarrolló en la Plaza central?

              Fue una experiencia muy linda, desde temprano estuvimos en el lugar y hubo una gran convocatoria de gente. A pesar del frío, el espacio nos permitió mostrar lo que hacemos, reencontrarnos con personas que uno aprecia y que, por distintos motivos, no ve con frecuencia. A la gente le gusta recorrer, mirar, comprar, participar, y siempre se genera un ambiente cálido y disfrutable. Lo más valioso, además de compartir lo que uno crea, es poder ser parte de ese encuentro.

Lo que desees agregar.

              Quiero agradecer profundamente a todas las personas que se acercan al negocio, tanto vecinos de nuestro pueblo como quienes vienen desde otros lugares. Que sigan apostando a este oficio es algo que valoro enormemente, porque detrás de cada visita hay una muestra de confianza y apoyo que nos impulsa a seguir. Estar ubicados sobre la ruta tiene algo muy especial: permite que mucha gente que pasa por allí descubra nuestro espacio, se detenga, se interese por lo que ve expuesto. Esa curiosidad que despierta el lugar fue una de las razones por las que decidí trasladar todo acá. Más allá de que me encanta la ubicación, me brinda la posibilidad de visibilizar lo que hago y de compartirlo con más personas.

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