Habiéndose conmemorado el pasado 25 de junio el Día de la Psicóloga y Psicólogo Social, El Nuevo Heraldo dialogó con Agostina Barrionuevo, profesional de la disciplina que ha construido su recorrido a partir de aprendizajes constantes, experiencias laborales diversas y objetivos claros. Su perfil se distingue por una mirada crítica aplicada a la práctica cotidiana, el involucramiento en cada proyecto y la escucha activa como herramienta de trabajo. En su ejercicio profesional y constante desafío, la grupalidad se presenta como un recurso esencial para favorecer vínculos y generar espacios de participación, aportando una perspectiva que combina formación académica, experiencia institucional y compromiso comunitario:
Para empezar, ¿Cómo surge tu interés por la Psicología Social y el comenzar a formarte en la disciplina?
Hace trece años inicié mis estudios de Trabajo Social en la Universidad de Tandil, impulsado por la necesidad de asistir y acompañar a las personas, entendiendo que más allá de ayudar era necesario dar un sentido profundo a ese propósito. El tiempo de formación me permitió problematizar, tener un registro ya que lo que no está escrito no se ve, y cuestionar constantemente, primero a mí misma, luego a mi familia y finalmente al entorno que me rodeaba. Aprendí el valor del trabajo de campo en los barrios, de escuchar y de vincularme codo a codo con la gente. Sin embargo, durante la carrera enfrenté situaciones complejas: una docente con una marcada bajada política cuestionó un proyecto de práctica vinculado a la necesidad y distribución de medicamentos en las salitas de Tandil, pese a que mi propuesta estaba respaldada por relevamientos e investigaciones que fundamentaban lo planteado. Si bien cada barrio contaba con su propia salita, muchas personas —por pertenencia o desinformación— acudían directamente al hospital. Allí la respuesta solía ser vacía, ya que se les indicaba regresar al centro barrial, lo que implicaba un esfuerzo adicional de traslado. Esa tensión entre la necesidad concreta de la gente y la respuesta institucional terminó convirtiéndose en un disparador para problematizar el acceso a la salud y cuestionar las prácticas vigentes.
La idea del proyecto generó un debate con la docente que mencionaba, y allí apareció algo que heredé de mis padres: no quedarme solo con lo que me dicen, sino intercambiar puntos de vista y debatir. Esa postura derivó en que la docente me dijera explícitamente que no me iba a aprobar la materia Trabajo Social III. Al año siguiente volví a cursarla, pero se complicaba porque también trabajaba, y aunque mis padres siempre me apoyaron en los estudios dentro de sus posibilidades, la situación era difícil. Luego se sumaron otras circunstancias que me hicieron frenar la cursada. Aun así, sigo convencida de que cuestionar y problematizar es el camino para construir.
Luego comencé a estudiar Acompañante Terapéutico en Olavarría, ciudad a la que viajaba una vez por mes junto a mi hermana, a quien amo y siempre me sostuvo. Durante esa etapa empecé a ser convocada para acompañamientos en un jardín de Tandil, lo que me abrió muchas puertas laborales. Fui construyendo mi camino sola, buscando oportunidades y trabajando en contextos difíciles, con realidades complejas más allá del acompañamiento individual. Sin embargo, sentía que me faltaban herramientas, especialmente en lo comunicacional y como mediadora. Al insertarme en instituciones conocí los tres hogares convivenciales de menores de la ciudad, con intervenciones valiosas pero también desgastantes. En mi primer acompañamiento institucional me propusieron integrar el equipo técnico, y las reuniones que realizábamos frecuentemente reforzaron esa necesidad de ampliar recursos. A partir de una compañera que estudiaba Psicología Social en el Centro Psicosocial Argentino, me sumé a esa carrera antes de la pandemia, mientras continuaba con los acompañamientos que te comentaba, dentro y fuera de la institución. La orientación de la formación me atrapó, aunque por sobrecarga laboral, personal y económica tuve que interrumpirla. En 2021 logré retomarla y tiempos después finalmente recibirme, momento en el que regresé a vivir a Gonzales Chaves.
Teniendo en consideración todo el recorrido que has transitado, actualmente, ¿Dónde te estas desarrollando desde lo profesional?
Hace dos años, al regresar a vivir a Chaves, fui convocada para trabajar en el Centro Comunitario de Salud Mental y Consumo Problemático, que en sus inicios funcionaba como Centro de Día. Comencé desempeñándome como Acompañante Terapéutica, aunque pronto mi formación en Psicología Social se entrelazó con esta tarea, aportando una mirada crítica sobre la necesidad de fortalecer el vector del ECRO, ese esquema conceptual y referencial que articula teoría, experiencia y acción para comprender y orientar la práctica cotidiana. A partir de las experiencias adquiridas en otros ámbitos y del trabajo diario, surgió la necesidad de problematizar, tarea que encaramos colectivamente en un equipo de trece personas, con gran flexibilidad e intercambio de visiones.
Agostina, tomando como referencia lo que nos venís contando, ¿La Psicología Social te permitió tener una mirada más integral de las realidades sobre las que se trabajan?
Sí, claro, la Psicología Social me permitió empezar a cuestionar el tema de la grupalidad como un modo general, pensando qué pasa en la comunidad y en el pueblo, y cómo poder conocer a la persona desde ahora en adelante, venciendo prejuicios que muchas veces en los lugares más chicos están más instalados. Desde mi rol dentro del Centro sentí que podía aportar algo más, y así comenzamos con mis compañeras del Equipo a trabajar la grupalidad a través de los Grupos de Salud Mental que iniciamos el año pasado, sabiendo que todo espacio nuevo genera desafíos. A partir de esto, también participo en el programa «La Salud Mental la hacemos entre todas y todos», una propuesta provincial que nos permite trabajar con los chicos en las escuelas y ampliar la mirada sobre lo grupal en distintos espacios, haciendo una evaluación de cada grupalidad, con la elaboración de informes vinculados a cada encuentro. Esta experiencia me ayudó a comprender que la gente necesita ser escuchada con otros ojos y oídos limpios, y por suerte las personas se han sumado con gran participación: de hecho, en el grupo de salud mental contamos incluso con lista de espera para poder integrarse.
En cuanto al rol de la psicología social: ¿Cuál consideras que es el aporte más importante de la profesión en la vida cotidiana de las personas y comunidades?
En realidad, el Psicólogo/a Social es un agente de cambio. Desde ese lugar, como te decía al principio, buscamos problematizar y meternos en lo profundo de las realidades de las personas, para poder trabajar en la transformación de ese dolor o preocupación, abordando situaciones que muchas veces permanecen estancadas en lo que llamamos zona de confort. A partir de ese marco, el abanico de intervenciones resulta muy abarcativo y diverso. La Psicología Social trabaja principalmente en lo grupal, aunque también puede coordinarse con dos personas, lo que ya no se considera grupo sino serie. El gran maestro Enrique Pichon-Rivière, creador de la disciplina, nos dejó un legado inmenso de enseñanzas, enseñajes y aprendizajes, especialmente la idea de cuestionar: nada es exactamente lo que vemos ni tan real como lo percibimos. También, desde la Psicología Social reforzar la idea de hacer circular la palabra. En lo personal, siento que todo lo que he estudiado está profundamente conectado y se va complementando en cada práctica y reflexión. Siempre he sido una persona que se involucra en cada trabajo, en cada caso o realidad sobre la que me ha tocado trabajar, haciendo ruido.
En cuanto al reconocimiento profesional, ¿Creés que la sociedad reconoce suficientemente el trabajo de las psicólogas y psicólogos sociales? ¿Qué falta para lograr mayor visibilidad?
Si hablamos en términos generales, creo que aún falta un montón, sobre todo porque esa ausencia de reconocimiento está en gran parte ligada a la escasa información que existe en relación con la Psicología Social. Por eso considero que estos espacios de difusión ayudan muchísimo a que el rol profesional pueda ser entendido y visibilizado. No obstante, desde lo particular, todo el tiempo trato de romper estructuras, de ser perseverante en el ejercicio de la profesión, constante, con amor por lo que hago. Desde ese lado también se puede dar a conocer lo que se realiza, generando que la comunidad se involucre más en la tarea diaria. En definitiva, se trata de un camino de compromiso y de construcción colectiva, donde la práctica profesional no solo busca transformar realidades, sino también abrir puertas para que más personas comprendan y valoren la importancia de este trabajo.
Volviendo al tema de la práctica profesional, ¿Qué estrategias se implementan desde la psicología social para abordar los grupos ante tanta diversidad?
En principio considero fundamental, a la hora de trabajar la grupalidad, la cantidad de personas que conforman cada grupo. Es necesario que exista un cupo y que se armen grupos chicos, porque de esa manera se puede trabajar mejor y abordar las diferencias con mayor profundidad. Desde el Centro Comunitario, por ejemplo, respondemos siempre a la inmediatez y buscamos que en el trabajo grupal se escuche más a la persona, y que a partir de esa escucha se puedan proponer nuevas formas de intervención. De hecho, el próximo Grupo de Salud Mental comienza el miércoles 5 de agosto de este año, y allí se refuerza esta idea de que cada espacio debe ser cuidado y pensado en función de quienes lo integran. Desde mi perspectiva personal de trabajo, considero importante poder abarcar esas diferencias y necesidades, generando un espacio donde cada voz tenga lugar y donde la grupalidad se convierta en una herramienta de transformación.
Desde un lugar de proyección, ¿Cuáles son los principales desafíos que enfrenta hoy una psicóloga o psicólogo social en su ámbito laboral?
Como te decía antes, uno de los principales desafíos está justamente en darle voz a la gente que, por diferentes circunstancias, no la tiene, y en seguir construyendo redes con todo lo que eso implica. Es un proceso difícil de generar, atravesado por muchas resistencias tanto desde lo social, lo profesional como lo institucional. Se trata de poder llegar más a las personas, mejorar las formas de comunicación y garantizar que tengan información clara para acercarse al ámbito institucional, pedir ayuda o sumarse a las propuestas. De este modo, se abre la posibilidad de pensar la problematización en todos los espacios, ampliando la participación y fortaleciendo el vínculo entre comunidad e instituciones.
¿Algún mensaje que desees agregar?
A la comunidad, en principio, quiero transmitir la importancia de que se animen a consultar a las distintas instituciones ante cualquier situación que los supere, recordando que todos tenemos el poder de hablar y de apostar a salir de esas dificultades. Como Psicóloga Social e integrante del equipo del Centro Comunitario, estamos para escuchar sin prejuicios, generar espacios amenos y no tan estructurados, que se nutran de la participación de otras personas y den lugar a lo nuevo, mostrando que existen otros modelos y formas más allá de lo aprendido. En este camino, resulta clave sumar un mensaje enmarcado en la Ley de Salud Mental, señalando que la misma hoy está en riesgo, tanto en los ámbitos laborales donde estamos insertos como en la comunidad, la familia y las instituciones. Este balance refleja que la tarea no solo es acompañar, sino también escucharnos, generar espacios de intercambio, defender derecho, fortalecer la construcción colectiva, y justamente las y los Psicólogos Sociales somos un poco el portavoz de nuestras intervenciones.

